El huracán Florence que azotó las costas de Florida ha vuelto a mandarnos un mensaje bien claro: si dejamos que se degraden nuestras costas no podremos hacer frente a los desastres naturales.

En las costas de todo el mundo vemos como el desarrollo urbanístico desmedido y la construcción de infraestructuras altera la estructura de los ecosistemas naturales. Dragamos los fondos, alteramos las barreras naturales, nos comemos literalmente los sistemas dunares… y al mismo tiempo construimos diques, motas y demás obras de defensa que han demostrado no defendernos de nada, e incluso en muchos casos empeorar las cosas.

Florence ha puesto de manifiesto que, allí donde hemos intentado levantar barreras contra los eventos extremos (que serán cada vez más frecuentes por el cambio climático), los daños sobre las infraestructuras y la población fueron mucho peores. Las construcciones humanas tienen un gran problema y es que son rígidas y nada resilientes.

En cambio, aquellas zonas de la costa donde se conservaban atolones ostreros y marismas naturales permanecieron casi intactas. Y es que una característica de estas barreras naturales es que funcionan como disipadores de energía frente a un mar embravecido.

La temporada de huracanes de este año está a punto de empezar ¿Restauramos ecosistemas?

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