Cada año, el 3 de marzo se celebra el Día Mundial de la Vida Silvestre, si de esa misma que está en altísimo riesgo de desaparición tal y como recoge el informe del IPBES de 2019. Según este panel de expertos, el 25% de las especies (que corresponde con ese sonado millón) está en peligro de extinción a nivel mundial. Pero ¿por qué debe importarnos esta pérdida de especies?. Pues bien, la importancia de la biodiversidad tiene que ver, básicamente, con que es la base de los servicios ecosistémicos, que también reciben el nombre de NCP (Nature Contributions to People).

La siguiente pregunta que cualquiera podría plantearse es ¿da igual si se pierde una especie u otra?. La respuesta es que no. Muchas especies tienen funciones clave dentro de los ecosistemas como los depredadores, en la cumbre de las cadenas tróficas, que controlan a su vez poblaciones de otras especies que pueden desestabilizar el equilibrio dinámico de la naturaleza. Este es el caso de animales emblemáticos como los Linces o los Lobos. Pero hay muchas otras especies que pueden resultar menos vistosas y que no por ello dejan de ser súper importantes como por ejemplo los polinizadores. Y cuando hablamos de polinizadores no nos referimos sólo a insectos. Hay pájaros polinizadores y murciélagos que también cumplen esta función.

Aquí nos podríamos plantear que si hay varias especies que cumplen una misma función, qué más da si se pierden algunas. En efecto, hay un concepto en ecología que es la redundancia funcional que habla de cómo la misma función ecológica puede llevarse a cabo por distintas especies. Lo peligroso de jugar este comodín es que nuestro conocimiento sobre las relaciones que existen entre especies el ciertamente limitado. Es decir, no sabemos cómo unas especies se conectan con otras a través de flujos o relaciones indirectas, de manera que no sabemos hasta qué punto la desaparición de una especie puede desencadenar la pérdida de muchas otras.

Así que ya sea por su valor intrínseco (evidente o no) o solo porque apliquemos el principio de precaución, deberíamos de evitar la pérdida de biodiversidad. Eso implica necesariamente eliminar los motores de degradación, a la vez que restauramos los hábitats en los que medra esta biodiversidad que queremos conservar y proteger. Y aquí viene la principal reflexión de hoy ¿qué cosas NO debemos hacer si lo que queremos es restaurar la biodiversidad en un espacio?.

Biodiversidad de ‘quita y pon’ o como (no) restaurar ecosistemas
Los geckos de cola azul (Phelsuma cepediana) son los únicos polinizadores de un la liana en peligro de extinciòn  Roussea simplex.

Tirar de catálogo.

Plantear un proyecto de restauración pensando en ‘qué debería de haber en este espacio’ tiene algunos peligros. Podríamos caer en echar mano de Atlas de distribución de especies, de series de vegetación que son la base de la fitosociología y podríamos estar haciéndolo rematadamente mal. Los problemas de tirar de catálogo tiene que ver con que no estamos viendo las posibles relaciones que puede haber entre especies o cuestiones básicas como la distribución espacial de las mismas. Como alternativa os proponemos buscar un ecosistema de referencia, es decir un espacio en el que ya exista el hábitat que queremos restaurar y ver posibles especies autóctonas insitu, asi como la estructura de las comunidades.

Pensar que ‘más vale que sobre que no que falte’

Mayor riqueza de especies no siempre es sinónimo de máxima funcionalidad ecosistémica. Entendemos la visión romántica que en ocasiones podemos tener de la naturaleza, tipo Arca de Noe, donde si tuviéramos una pareja de cada especie todo sería mejor. Sin embargo, y como ya hemos dicho antes, lo importante no es tanto si están las especies A o B si no qué función cumplen esas especies en los ecosistemas. En base a este discurso mental, es más importante seleccionar las especies que queremos favorecer en base a sus rasgos funcionales. Los rasgos funcionales de las especies, en concreto de las plantas, nos pueden dar además información importante sobre su capacidad de adaptarse a escenarios de cambio climático.

Considerar que las especies son ‘de quita y pon’

En otras ocasiones hemos hablado de la importancia de no enfrentar una restauración como un simple juego en que ponemos y quitamos cosas (por cosas queremos decir especies, nutrientes, agua…) en un espacio. Las especies están en los ecosistemas porque forman parte de ellos: las condiciones ambientales hacen que estén allí, y su simple presencia favorece su persistencia y la de otras especies. De manera que si una de nuestras especies objetivo no está en el espacio, debemos resistir la tentación de querer introducirla a toda costa y pensar, más bien, que es lo que hace que esa especie falte en ese lugar. Restaurar las condiciones ambientales (abióticas y bióticas) es el camino, pequeños padawan.

Aprende cómo trabajar en valoración del capital natural