Si hablamos de la nueva normalidad del medio ambiente corporativo, el protagonista es el capital natural. Estas dos palabras salpican los nuevos marcos legislativos ambientales. El Green Deal, la Estrategia Europea de Economía circular o la nueva Estrategia de Biodiversidad de la UE 2030 llevan el capital natural por bandera.

Tampoco las páginas color salmón están a salvo. Los riesgos asociados a la pérdida de capital natural se han colado en el lenguaje de los inversores. Dentro de la empresa, el capital natural se ha convertido en el lenguaje común que consigue poner de acuerdo a departamentos financieros, ambientales y operativos. Nadie parece estar a salvo.

Subirse al carro de la sostenibilidad implica necesariamente hablar de capital natural. Sin embargo, aquellas organizaciones que llevan años invirtiendo en políticas y estrategias de biodiversidad se resisten. ¿Ahora que he conseguido hacer proyectos con sentido, tengo que empezar de nuevo?. La buena noticia es que no.

De hecho, desarrollar una estrategia corporativa de capital natural en tu empresa puede ser una oportunidad para poner en valor los esfuerzos que ya se han hecho en biodiversidad.

Si quieres saber cómo dar el primer paso para tener una estrategia corporativa de capital natural no te pierdas el proyecto que hemos hecho con Endesa

Un cambio de enfoque en las estrategias de biodiversidad: la importancia de los mapas

 

Tener una estrategia corporativa de capital natural requiere un cambio de enfoque. Pero también un fuerte liderazgo de los departamentos corporativos. Básicamente porque, incluir el capital natural en la toma de decisiones implica hacer algunos cambios en los procedimientos internos.

Es habitual que las estrategias de biodiversidad de las empresas se ejecuten a partir de proyectos con entidades colaboradoras. ONGs o universidades que son aliados estratégicos y que diseñan y ejecutan los proyectos.

Las memorias de seguimiento de estos proyectos suelen contener información detallada sobre biodiversidad. Inventarios de especies, sobre todo. Este gran esfuerzo de cuantificar la biodiversidad puede traducirse fácilmente a capital natural.

Como ya sabemos, el capital natural se mide a través de cuantificar los servicios ecosistémicos. Muchos de estos servicios dependen de la biodiversidadDe hecho, favorecer la biodiversidad es una medida que contribuye a aumentar el valor cultural de los ecosistemas como escenario para el ocio.

Si por ejemplo colocamos nidos artificiales para un ave, estaremos favoreciendo su hábitat (biodiversidad). Pero además, estaremos favoreciendo su avistamiento en un lugar determinado (servicio ecosistémico). Si cartografiamos el espacio donde hemos colocado los nidos, podremos medir la contribución de esta acción al capital natural.

Compromiso con la biodiversidad: medir antes y después de actuar

 

La tendencia  de las empresas es, cada vez más, adquirir compromisos medioambientales que sumen a otros que se establecen a otro nivel. Por ejemplo, en el ámbito de los ODS, los países plantean objetivos cuantitativos de mejora de aquí a 2030 a los que las corporaciones pueden también contribuir.

Sin embargo, ¿cómo vamos a saber si avanzamos cuando no nos hemos marcado un objetivo claro?. Cuando revisamos proyectos e iniciativas de biodiversidad de empresas, vemos que no siempre se fijan metas concretas. Por ejemplo, si invierto en la restauración de hábitats para polinizadores, un objetivo podría ser incrementar un 10% el recurso floral en una zona en un tiempo determinado.

Además, para poder medir el avance en nuestros compromisos, es necesario seleccionar los indicadores adecuados. En el caso de las acciones de biodiversidad son habituales los conteos, o la densidad (individuos/área).

Sin embargo, si queremos medir los servicios ecosistémicos que genera esa biodiversidad puede que no baste con contar especies. Si, por ejemplo, queremos medir el servicio que genera una especie de ave en el control de plagas, no bastará con saber la densidad del ave si no que tendremos que conocer la densidad de la plaga.

Y aquí es donde viene la importancia de medir antes y después. En las acciones voluntarias de biodiversidad que desarrollan las empresas se recogen de manera cuantitativa los avances. Aves nuevas, rastros nuevos, especies nuevas, etc, pero en muchas ocasiones no se disponen de los datos de partida.

Es decir, no se sabe cómo estaba la especie o el ecosistema antes de la intervención. Este hecho, genera problemas a la hora de medir la contribución de un proyecto al capital natural. Si no podemos estimar el servicio ecosistémico antes y después de la intervención, no podremos saber si nuestra medida ha tenido o no efecto sobre el capital natural.

Aprende cómo trabajar en valoración del capital natural